AZAÑA UNA PASIÓN ESPAÑOLA

Texto que recomiendo que todos los MASONES deberían leer, así como leer las obras del Masón Don Manuel Azaña

Azaña, una pasión española

Selección de textos y adaptación de José María Marco, sobre una dramaturgia de José Luis Gómez

Espectáculo estrenado el 29 de junio de 1988 como producción del Centro Dramático Nacional (Madrid), y nuevamente el 19 de julio de 2000 como producción del Teatro de La Abadía (Madrid), en ambas ocasiones con dirección e interpretación de José Luis Gómez.

1. Dimisión a la Presidencia de la República

(Carta de dimisión de la Presidencia a Diego Martínez Barrio, 27 de febrero de 1939)

Collonges-sous-Salève
27 de febrero de 1939

Excelentísimo señor don Diego Martínez Barrio,
Presidente de las Cortes de la República Española, París.

Excelentísimo señor:
Desde que el general jefe del Estado Mayor Central me hizo saber que la guerra estaba perdida para la República, he cumplido el deber de recomendar al Gobierno el inmediato ajuste de una paz en condiciones humanitarias, para ahorrar a los defensores del régimen y al país entero nuevos y estériles sacrificios. Personalmente he trabajado en ese sentido cuanto mis limitados medios de acción permiten. Nada de positivo he logrado. El reconocimiento de un Gobierno legal en Burgos por parte de las potencias, singularmente Francia e Inglaterra, me priva de la representación jurídica necesaria para hacer oír de los Gobiernos extranjeros lo que es no solamente un dictado de mi conciencia de español, sino el anhelo profundo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Desaparecido el aparato político del Estado, carezco de los órganos de consejo y acción indispensables para la función presidencial de encauzar la actividad de gobierno. En condiciones tales, me es imposible conservar ese cargo, al que no renuncié el mismo día en que salí de España porque esperaba ver aprovechado este lapso de tiempo en bien de la paz.
Pongo, pues, en manos de vuestra excelencia, como Presidente de las Cortes, mi dimisión de Presidente de la República, a fin de que vuestra excelencia se digne darle la tramitación que sea procedente.

2. Cartas desde Francia

(Carta a Don Ángel Ossorio y Gallardo
Carta al doctor Gonzalo Lafora, 12 de julio de 1938
Carta a Esteban Salazar Chapela, 26 de febrero de 1940)

La Prasle, Collonges-sous-Salève
28 de junio de 1939

Señor don Ángel Ossorio,
Buenos Aires

Querido amigo:
Estamos instalados en una casa de hechura saboyana, algo vieja y bastante destartalada. A su espalda hay unas praderas, una frondosa arboleda y un huertecito, pertenecientes a la finca. Hemos llegado a ser aquí treinta y una personas; naturalmente, no cabían en la casa, y se han albergado en el pueblo. Además, tengo en Montpellier a mi hermana y a su marido, a las hijas y nietos de mi hermano, y a un cuñado de mi sobrina viuda. Otras diez personas. Esta aglomeración no puede, es claro, durar. Ha empezado a disgregarse. Cada despedida corta un lazo más con el pasado. Dentro de poco me quedaré en la estricta intimidad familiar y a solas con mis pensamientos.
La salida de España fue terrible. Estando ya los facciosos en Arenys y Granollers, la desbandada cobró una magnitud inconmensurable. Una muchedumbre enloquecida atascó las carreteras y los caminos, se desparramó por los atajos, en busca de la frontera. Paisanos y soldados, mujeres y viejos, funcionarios, jefes y oficiales, diputados y personas particulares, en toda suerte de vehículos: camiones, coches ligeros, carritos tirados por mulas, portando los ajuares más humildes, y hasta piezas de artillería motorizadas, cortaban una inmensa masa a pie, agolpándose todos contra la cadena fronteriza de la Junquera. El tapón humano se alargaba quince kilómetros por la carretera. Desesperación de no poder pasar, pánico, saqueos, y un temporal deshecho. Algunas mujeres malparieron en las cunetas. Algunos niños perecieron de frío o pisoteados. Las gentes quedaron acampadas al raso, y sin comer, en espera de que Francia abriera la puerta. Dejaban pasar a muy pocos, no sé ya cuál día se logró que ampliaran el permiso hasta unos miles de personas. Aún no había llegado a la raya el alud de los combatientes. El 15 de enero quedaban en línea y encuadrados setenta y ocho mil hombres. Según los datos oficiales, han pasado la frontera 220.000 soldados de todas las armas. Estas cifras le permitirán a usted formarse idea de la magnitud del desastre.
Estoy persuadido de que la historia de esta guerra, de sus antecedentes y resultados inmediatos, será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad. Dudo que las venideras tengan más suerte, pero aunque la tengan, a nosotros ya no nos importará nada.
A mi juicio, si hemos de pasar como españoles de muerte a vida, si nuestro país no ha de ser un pudridero en que la victima y el verdugo se corrompan juntos, si ha de lograrse una transfiguración del espíritu nacional a favor del escarmiento apadrinado por la locura y la estulticia, será volviéndose de cara a la realidad del sentir español, que no puede haber desperdiciado la lección y aprovecharlo para fundar algo nuevo, quemando no solamente las bambalinas y los bastidores, sino la letra y la solfa de las representaciones caducadas. Confiemos en que habrá gente nueva capaz de entenderlo.

3. Don Quijote

(«Grandeza y miserias de la política», conferencia en El Sitio, en Bilbao, 21 de abril de 1934)

¿Cuál puede ser la disposición de hombres arribados a un cierto nivel de cultura y de ilustración, delante del pueblo? ¿Puede ser la actitud de Próspero, el aristócrata, delante de la casi animalidad de Calibán? No. No es eso. Nosotros tenemos en España un pueblo superior a Calibán, portador de una cultura de la que apenas se da cuenta, pero que le pone en el alma un positivo valor moral, del que pocos se han acordado hasta nuestros días. ¡Ah!, pero se han acordado los poetas. Nosotros tenemos nuestra mitología nacional: el ejemplo del señor y del labrador, el ejemplo del caballero y el escudero. Entre Don Quijote y Sancho hay una continuidad de sentires, una fácil comunicación, que se debe a la simpatía creadora, fundente de las almas.
Nosotros hemos propuesto al país español, y es la fuente de la emoción política que nos sostiene en pie —la que me sostiene en pie, ¿por qué no lo voy a decir en primera persona?— la que apaga y destruye todas las miserias de la política; nosotros hemos propuesto al pueblo español una obra que en la concepción es gigantesca y en la ejecución dificilísima. ¿Y con qué medios? Pues con casi ninguno. Yo, por mí, no tengo ninguno. No tengo más que la efusión en lo que tenga de comunicativa; quijotismo mayor no cabe. Pero esa es nuestra locura, esa es nuestra vocación y ese es nuestro propósito.
Locura fue el 14 de abril, cuando una muchedumbre madrileña, frenética de alegría y de triunfo, nos llevó a un Gobierno que no sabíamos por dónde había de comenzar. Y locura ha sido nuestro nuevo llamamiento al espíritu español, locura que todavía no saben las gentes adónde nos va a llevar. Yo sí lo sé. Yo sé que nos debería llevar a otro anochecido de otro día madrileño, palpitantes las muchedumbres de entusiasmo y determinación, a llamar a las puertas del poder español, diciendo: «Aquí está el pueblo español, que no ha tomado una venta por castillo, como Don Quijote, pero que tampoco está dispuesto a que los castillos se conviertan en ventas.»
Esa es nuestra locura, la mía sobre todo; esta es mi sinrazón. Podemos ser vencidos, pero yo os aseguro que de esta locura y de esta sinrazón no me pienso convertir ni en la hora de la muerte.

4. Debate de los enojos

(Última sesión de las Cortes Constituyentes, 3 de octubre de 1933)

El señor Lerroux ha trazado una línea de mi biografía política, en la que, la verdad, no me ha maltratado demasiado. El señor Lerroux quería, en otros tiempos, domesticarme, digámoslo francamente. Había llegado a sus oídos que yo era una persona semisalvaje, y él quiso domesticarme. La verdad, señor Lerroux, es que, en efecto, yo soy el hombre que no ha sido domesticado jamás por nadie. Yo no sé si necesitaré que me domestiquen; educado sí estoy, pero domesticado, jamás, ni por nada ni por nadie.
Señor Lerroux, al cabo de dos años de tratarme su señoría, al cabo de tanto tiempo, su señoría me ignora profundamente. Me achaca su señoría todas las taras, todas las equivocaciones de la política personalista. ¡Yo, político personalista! ¡Yo, ambicioso! Pero si yo hubiese sido ambicioso, ¿cree su señoría que me hubiese pasado bastantes años en una biblioteca escribiendo libros que no le importan a nadie, ni a mí mismo que los escribía? ¿Esa es la conducta de un hombre ambicioso?
¿Cree su señoría que si yo hubiese sido un hombre ambicioso, habiendo tenido un Parlamento adicto hasta el entusiasmo, y un Gobierno compenetrado con mi pensamiento y con mi obra, sometido a todas las pruebas y que nunca quebró, porque he tenido casi los plenos poderes, y sin casi, mientras no se votó la Constitución; cree su señoría que si yo no hubiese sido un hombre de sensibilidad y probidad y de sentimientos republicanos indesarraigables, con un amor a la patria que está identificado con mi propia vida, su señoría estaría sentado en ese banco?
¿Es que hay derecho a que se me trate de esa manera y se me quiera dejar en el concepto de los señores diputados y en el concepto público como un hombre malicioso, perverso, que le ha minado el terreno a su señoría? ¿Pero cree su señoría que a mí me estorba? No; a mí no me estorba nadie, señor Lerroux, por dos razones: en primer lugar, porque yo, en el fondo, tengo de mi raza el ascetismo; todas las cosas de la vida las tengo ya echadas a la espalda hace muchísimos años, y habiendo gozado de casi todas, me son absolutamente indiferentes; en segundo lugar, porque tengo del demonio la soberbia, y a un hombre soberbio nadie le estorba.

5. Lo que dicen de mí

(Selección de textos de «El debate», «El siglo futuro» y «Memorias íntimas de Azaña» de Joaquín Arrarás)

¡Beethoven! ¿Saben por qué hablé tan a gusto en el discurso de ayer? Acababa de escuchar la 41 de Mozart.
Cobarde, soberbio, dictador, me llaman. Desconozco la risa, la alegría, el amor, el optimismo. Aun la primavera ignoro. «Personifico», según escriben, «la política del rencor, fría estampa de la desgracia, espectro de la mente de esta infeliz nación. Ni perdón, ni olvido. Nada de generosidad.» Otros se muestran mas benignos. Pero claro, el ogro, el monstruo que pintan «no cree en nada». «Camina solitario, torvo y desconfiado como una hiena.» Animales, los he sido todos: pavo real, cuando estrené mi obra de teatro La Corona, y luego serpiente, reptil, nido de alacranes, ¡oruga incluso! Cabalmente, «oruga repulsiva de la España roja». Me han aconsejado que me ahorque con el Collar de la República y ni siquiera mi muerte les hizo cejar en el empeño: «Bolsa de odios y fracasos, vejiga de hiel a quien la revolución elevó al pedestal del Poder, para que ensayase la fuerza de la envidia y de la vanidad que lleva en su alma de déspota y experimente sobre todo un país su sevicia y sus aberraciones.»

(«Mi rebelión en Barcelona», 1935)

Eso han dicho de mí. Pero no importa. Me gusta ser tratado con injusticia. Si es perfecta, la injusticia penetra en mi ánimo con fuerza de demostración, de confirmación rotunda. Su efecto inmediato, paladeada la amargura, consiste en poner claridad y orden en el espíritu. Y si proviene de una conciencia lúcida, vidente, con intención dañada de hacer mal, la injusticia arriba a perfección cobra hermosura siniestra y alumbra con luz fría el ánimo en que se aposenta y la padece. ¡He ahí el gozo inefable de sentirse anegado en el puro mal!

6. Entrevista

(«Memorias», julio, agosto, septiembre y diciembre de 1931
Carta a José María Vicario, Madrid, 26 de febrero de 1901
«La libertad de asociación», 1902
Discurso sobre el artículo 26 de la Constitución, Cortes, 13 de octubre de 1931
«El estado republicano y la revolución», artículo de 1939
«Memorias», noviembre de 1937)

Cuando usted lo desee podemos empezar.

(¿Valió la pena la experiencia de gobierno?)

Sí, claro que valió la pena todo aquello. Sobre todo, vivir por dentro la experiencia de la revolución y el Gobierno republicano. A veces me he divertido, locamente, otras no tanto. Por momentos tuve incluso ganas de inhibirme, de renunciar, como me he inhibido y he renunciado en tantas ocasiones. Pero triste, lo que se dice triste, no lo he estado nunca.

(¿No echaba usted de menos los libros, la vida intelectual?)

Me permito recordarle que lo que yo hago aquí es prestarle mi voz a don Manuel Azaña, servir de soporte a su palabra. Dicho esto, volvamos a lo nuestro. Más que los libros o la vida intelectual, lo que echaba de menos era la soledad, aquella tristeza antigua que se parecía tanto a la esperanza. Las tardes que pasaba leyendo en la sala baja de mi casa en Alcalá, olvidado del mundo. Entonces, cuando yo no era nadie, era íntimamente más de lo que luego he sido. Con frecuencia pensaba que me gustaría salir de la política inopinadamente, sin ruido. Ya ha visto usted que fue bien distinto.

(¿Era usted, por lo que dice, un joven estudioso y callado?)

¡Claro que no! Eso de mi mocedad estudiosa, de mis años jóvenes enterrados en la biblioteca del Ateneo es una solemne tontería. Algunos creen halagarme escribiendo o contando cosas así. Madrid, a principios de siglo… ¡Madrid era el comienzo de la vida! Y aunque yo era pasante en el bufete de un abogado —también lo era, y allí mismo, don Niceto Alcalá Zamora— y aunque asistía de oyente a las clases de don Francisco Giner de los Ríos, no iba a desperdiciar aquellos años apolillándome entre mamotretos. Íbamos a los bailes —los bailes de disfraces—, los cafés, las tertulias… Allí nos hartábamos de reír de todo. Era después del 98 y la materia sobraba…

(¿Es verdad que a usted le gustaban mucho los bailes de disfraces?)

Una noche conté, en el palco que ocupábamos con unos amigos, veinticuatro botellas de champagne y seis de manzanilla. Uno se bailó un can-can en medio del patio de butacas, habilitado, como usted sabe, para pista de baile. Cuando se acabaron las serpentinas, volaron por los aires las medias noches y los panecillos de Viena. Nuestra barbarie era pavorosa.

(¿Iba mucho al teatro?)

Yo nunca he dejado de ir a los conciertos y a los teatros. Sabrá usted que escribí varias cosas para la escena, de entre ellas un drama, La Corona, que casi nadie ha leído. Por suerte, tal vez.

(«La Corona» se estrenó en Barcelona, en el 31. ¿Le gustó a usted aquella función?)

Efectivamente, La Corona se estrenó en Barcelona, en el 31. Y la verdad es que la función no me gustó nada. Salí del teatro disgustadísimo. Margarita Xirgu estaba bastante bien, aunque tiraba un poco por el lado llorón. Los demás… A muchos actores españoles se les resiste incluso hablar en buen castellano. Ya lo decía Valle-Inclán. Prefieren el baturrillo de Benavente, en que lo mismo da una palabra que otra…

(Pero usted tiene fama de clerófobo.)

¿Que le hable de mi clerofobia? Pero si yo nunca he sentido particular aversión por los curas. A principios de siglo, cuando Galdós estrenó la Electra, en el Español, yo pronuncié mi primer discurso en la Academia de Jurisprudencia de Madrid. Allí todas las noches se pedía «carne de cura». Pues bien, en ese discurso que le digo yo defendí los votos religiosos. Afirmé incluso que los votos —el de castidad, el de pobreza, el de obediencia— son el uso más sublime que de la libertad individual puede hacerse.

(No es eso lo que afirmó usted durante la República.)

Claro que no. Luego llegué a pensar de forma muy distinta. En rigor, la obligación de las órdenes religiosas, en virtud de su dogma, es enseñar todo lo que es contrario a los principios en que se funda el Estado. Por eso preconicé la proscripción de la enseñanza confesional.

(¿Qué quiso decir con su frase «España ha dejado de ser católica»?)

Algo bien sencillo. Cuando yo dije «España ha dejado de ser católica», no hablaba de un problema religioso, un problema que no excede nunca los límites de la conciencia personal y en el que el Estado no tiene por qué intervenir. Estaba planteando la premisa de un problema político. Y ese problema político consistía en organizar el Estado de acuerdo con una fase nueva e histórica del pueblo español. En los siglos XVI y XVII, España era católica. Más aún, España creó un catolicismo a su imagen y semejanza y yo diría incluso que el catolicismo le debe más a España que no España al catolicismo. Pero la situación era y es hoy exactamente inversa. Yo no discuto, ni discutí entonces que hubiera en mi país millones de creyentes. Por supuesto que no les iba a coartar en sus creencias y en sus ritos. Sí digo que el esfuerzo creador español, el rumbo que seguía y que sigue la cultura española, no son ya los de antes, ni tienen el arraigo católico que antes tuvieron. Y a una cultura laica, corresponde un Estado laico. No sé si usted sabrá que también evité, con aquel discurso, la proscripción de todas las órdenes religiosas. Me parecía ridículo enviar a los agentes de la República a clausurar conventos de monjas, las bernardas de Talavera o las clarisas de Sevilla… Pobres mujeres…

(¿Es verdad que una vez habló usted de la «trituración» del ejercito?)

Y seguimos con las frasecitas… No, mire usted, yo nunca dije eso de la «trituración del ejercito». Cuando fui Ministro de la Guerra únicamente tuve la pretensión de que la reorganización militar en España abriera el campo para cualquier ejército que la República pudiera necesitar, fuera cual fuera el carácter político que la República tomara en lo por venir.
Y uno de los obstáculos más serios que tuve en ese empeño fue la falta de personal. Creé importantísimos cargos militares y no tenía con quién proveerlos. Apenas podía encontrar dos o tres personas discretas. Incluso Sanjurjo, fíjese bien de quien le hablo, decía, refiriéndose al general Franco: «No es que sea un Napoleón, pero dado lo que hay…» No creo que mis continuadores en el cargo se hayan encontrado con una situación tan difícil.

(¿Conoció usted al general Francisco Franco?)

Sí. Al general Franco le recibí en varias ocasiones, una vez después de que pronunciara una alocución en la Academia de Zaragoza. Le expliqué que me había dado un disgusto y él pretendió sincerarse, un poco hipócritamente. Hizo protestas de lealtad, de respeto al régimen constituido. El mismo respeto que, según dijo, había guardado a la monarquía. En el fondo, Franco era el más temible. Esto lo escribí en mis Memorias, en 1931.

(Usted impulsó el Estatuto de Cataluña…)

Yo defendí personalmente en las Cortes el Estatuto de Cataluña. Fue uno de mis discursos preferidos. Yo confiaba… Un personaje de mi conocimiento afirmaba, como una ley de la historia de España, la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años… ¡Qué barbaridad!

(Con esa frase no habría conseguido el apoyo de los catalanes.)

No. Yo siempre fui amigo de Cataluña. Incluso iba a catalanizarme el riñón con las aguas termales de un balneario, cerca de Barcelona. Otra cosa es la política catalana. Y otra muy distinta los políticos de Cataluña. Durante la guerra asaltaron la frontera, las aduanas, Montjuic, los cuarteles… Se emitieron billetes sin consultar ni prevenir al Gobierno. Crearon la Consejería de Defensa, e incluso, se dijo, el Ejercito catalán… y cuando la República consiguió reorganizar su ejército se le consideró en Cataluña y en el País Vasco un ejército de ocupación… Salvo que la situación social era mucho menos revuelta en el País Vasco que en Cataluña, la posición de su Gobierno respecto del de la República, se parecía mucho a la del Gobierno catalán, y en las relaciones con el exterior la acentuó.

(Eso refuerza la idea de que Cataluña tiene identidad propia.)

Mire, Cataluña y el País Vasco iban a correr y corrieron en la guerra, como siempre, la misma suerte que el resto de España.

(Habiendo previsto su actitud con tanta antelación, ¿cómo es que no supo detener a Franco?)

El problema de fondo no consistió solo en la sublevación militar encabezada por Franco contra la República. En aquellos días de julio del 36, el problema también estuvo en la descomposición, la pérdida de autoridad del Estado. El Estado era todavía muy débil; acababa casi de nacer. En vez de integrarse en el ejército republicano, millares y millares de combatientes prefirieron alistarse en las milicias populares, organizadas por los partidos y los sindicatos. El Gobierno, en aquellos momentos, tan solo disponía del poder de la disuasión y tuve que convocar a todos para defender la República. Las atrocidades cometidas en nuestro campo (que no pueden compensarse con las del campo faccioso), la «revolución» sindical, las felonías de los separatistas vascos y catalanes, que se aprovecharon de la guerra para ser desleales a España e ingratos con la República que había promulgado sus estatutos de autonomía, han podido regalar al enemigo motivos de justificación, si todo ello no fuese consecuencia misma del hecho de la rebelión militar. Escúcheme bien; la legitimidad imprescriptible que los republicanos podemos invocar, consiste en el derecho de los españoles a elegir libremente el gobierno que nos plazca, y a vivir en nuestra patria con las garantías democráticas pertenecientes a hombres civilizados. Y hay algo fundamental para el futuro: el régimen que nazca de esas condiciones, y las respete, será legítimo.

(¿Qué Estado quiso construir la República?)

El Estado que la República quería construir era un Estado moderno, un estado definidor de derechos, instrumento de progreso y de justicia. Esa es la principal misión del Estado. Pero el Estado debe ser, además, propugnador y defensor de la cultura. Lo peor de todo es el desamor a las cosas, y la falta de continuidad. Una institución se degrada si entre sus fines primordiales no se cuenta el de inculcar la religión de las cosas nobles y venerables que están bajo su acción y el de crear otras nuevas. En España esta es la obligación primordial del Estado, porque nadie, nadie puede reemplazarlo ni suplir lo que él no haga en ese orden.

7. La República y el Estado

(«Memorias», 16 de noviembre de 1937)

La República no puede ser solo un sentimiento político ni una idea política. No le basta con fundar un régimen, con dictar una constitución, con gobernar con más o menos acierto. No; hay una relación del hombre con el régimen, hay un enlace de la conciencia personal con el deber público, y este enlace es el que hay que robustecer y mantener a toda costa. La República tiene que ser una escuela de civilidad moral y de abnegación pública, es decir de civismo. La relación entre el hombre y el bien público se establece a través del Estado, y servir al Estado, someterse al Estado, negar la persona propia delante del Estado, es la expresión concreta del espíritu republicano. Merced a la República puede haber un Estado en España. Antes no lo había, porque la persona del rey y la dinastía misma se interponían ante la concepción abstracta del Estado, y se hablaba de servir al rey, o de intereses del rey o de la Corona, dejando en segundo término los intereses permanentes del Estado español. Pero esto ha cambiado y ahora puede haber Estado, y el Estado, que es la concepción más alta del espíritu humano en el orden político, es nuestro guía y nuestro rector. Servimos al Estado sin esperanza de recompensa, sin derecho a recompensa alguna, sin más satisfacción que la interior de haber cumplido con el deber, y el que no entienda esta abnegación no entiende nada de su relación con el bien público.

8. España y la República

(«El genio político de Castilla y los destinos de la República», discurso en Valladolid, 14 de noviembre de 1932)

Nosotros hemos venido a reanudar una tradición, la tradición de los comienzos de la edad moderna de España, cuando las ilustres ciudades castellanas querían regirse al modo de las ciudades y repúblicas italianas. Hay una tradición popular republicana, libertadora, en el espíritu español, y nosotros queremos reivindicarla, ponerla en pie y engrandecerla. A esa fuente escondida, maltratada, pisoteada, es a lo que hago yo un llamamiento. Y siendo yo un hombre salido de los libros, como dicen, sabiendo yo que solo la participación de España en la cultura es lo que nos puede dar un nombre en el mundo, junto a eso se halla este otro manantial del espíritu español, que es lo que hay que abrir a la esperanza.

9. La República democrática

(«La República como forma de ser universal», alocución ante la Asamblea de Acción Republicana, 28 de marzo de 1932)

La República le es tan necesaria al proletariado como a la burguesía liberal, pero nosotros no tenemos el pensamiento ni los socialistas tienen ahora la ambición de que nuestra fuerza común concluya en una República socialista. Pensamos en una República burguesa y parlamentaria, tan radical como los republicanos más radicales consigamos que sea, si tenemos opinión y votos para ello. La República debe servir de instrumento para el progreso político y la justicia social.
Y hay una regla general que yo proclamo aquí: la República española tendrá que ser no solo respetuosa con los derechos del trabajo, y garantía de sus reivindicaciones, sino propulsor y estímulo en la obra de despertar las conciencias más atrasadas y de levantarlas a un rango superior de humanidad y de ciudadanía.
La República será democrática, o no será. De esta manera nosotros venimos al encuentro del país, no como estériles agitadores, sino como gobernantes; no para subvertir el orden, sino para restaurarlo; no para comprometer el porvenir de la nación, sino como la última reserva de esperanza que le queda a España de verse bien gobernada y administrada, de hacer una política nacional. Lo que queremos es restablecer la equivalencia del hombre libre y ciudadano español.

10. El arte y la política

(«Llamada al combate», alocución en el banquete republicano con motivo del aniversario de la Primera República, 2 de febrero de 1930)

La política consiste en realizar. La política se parece al arte en ser creación. La creación que se plasma en formas sacadas de nuestra inspiración, de nuestra sensibilidad, y logradas por nuestra energía. La política es, pues, confianza en el esfuerzo, optimismo. No hay política de hombres desengañados, que no quieren arriesgarse a fracasar; la política está reñida con el esnobismo. Desechamos la opresión del pasado y las añoranzas históricas. De frente a la realidad, por adversa que parezca, hemos de modelarla con nuestras propias manos.
Tal es la semejanza de la política y el arte; en su virtud, la pasión política prende con facilidad en los más sensibles. Nosotros decimos que el hombre es ciudadano, pero los más de los hombres no lo saben. Hacérselo saber y entender es admirable cebo para la facultad creadora, para el acercamiento desinteresado de la inteligencia a los problemas políticos.
Hablo de política en su acepción más noble, eterna. Tal como yo la pongo, esa sensibilidad es rara. Se conquista a fuerza de ilustración, de generosidad y de experiencia; pero el ánimo generoso y humanizado es el punto más alto de la cultura personal, equivalente en el orden cívico a la santidad.

11. Entrevista (segunda parte)

(Conferencia «Cervantes y la invención del Quijote», Madrid, 1930
Artículo «Nota sobre un baile español», 28 de febrero de 1920
«Cuaderno de notas», 1920
Novela «El jardín de los frailes», 1927
«Memorias», junio de 1937)

(¿La santidad de Don Quijote?)

¿La misma santidad que Don Quijote, dice usted? No. Más que la santidad, o la fe, lo que resuena en el Quijote es España. Es Unamuno quien pinta a Don Quijote como un santo. Lo aísla del entorno, del paisaje y lo deja solo, clavado en la cruz, como si de Cristo se tratara. Pero en mi opinión, Don Quijote no podría ser si se retira la sustancia realista que lo envuelve. La acción se apoya en los objetos. Las cosas no están aludidas. Están ahí, representadas, ocupando sitio.
Mire, en 1920 asistí en la Ópera de París al estreno de El sombrero de tres picos, el ballet de Falla. El público estaba sobrecogido. Cuando acabó la función, estalló en aplausos, como para liberarse de una emoción demasiado fuerte. Falla estaba muy contento, claro. Pero yo lo estaba casi más. Había encontrado un hombre que sabe dónde está el manantial puro, y que bebe en él. En la obra de Falla hay, por supuesto, un número más que suficiente de ideas y emociones generales. Pero… contiene además otras representaciones más profundas, como si nos revelara lo que podríamos llamar la voz de la sangre. Lo que hace el artista es sorprendernos en nuestra soberbia intelectual y forzarnos a oír unas voces tristes, humildes. Son como las voces de un hermano inferior, irracional. Un hermano al que, para vivir nosotros, tuviéramos encadenado en una mazmorra.
Esas fueron las voces que Falla me forzó a escuchar. Yo sentía la misma impresión que produce la lectura del Quijote cuando pienso en ese pueblo que bulle en torno a los héroes, ese pueblo que les acompaña en su pasión lastimosa.
En realidad, para gustar hasta la última gota de ese raudal de poesía que es el Quijote es preciso ser español. Es preciso ser español porque lo más fuerte del Quijote es el tumulto de evocaciones españolas que corren por el fondo del libro, empapado como está del alma y de la tierra de nuestra nación. Cervantes llega de golpe a lo esencial. Desde que escribiera el Quijote, ha pasado la casa de Austria, pasó la monarquía católica e imperial. Y en Daganzo, ahí, cerca de Madrid, gobiernan todavía los alcaldes que Cervantes vio elegir. Me consta; son mis amigos. El Quijote ha creado la realidad española. Nosotros le debemos una parte de nuestra vida espiritual. Somos criaturas cervantinas. En estas condiciones, ¿quién es el loco que intentaría desnacionalizarnos?

(¿Es esa España la que usted invocaba en sus discursos?)

Cuando yo hablaba de paz, de libertad, de independencia del espíritu, no estaba recitando textos librescos, ni mociones de congresos políticos. Expresaba la traducción de observaciones que tenían expresión plástica inmediata en la vida cotidiana de mi país. Eran observaciones impregnadas de olores y sabores terrícolas, del Madrid vocinglero de mis andanzas juveniles, del pueblecito pastor o de la calma fría de la Morcuera… Me respondieron con insultos y fusiles, invocando una España abstracta y descarnada, una tradición que solo destila odio, palabras que no significan sentidos de nadie…

12. Fresdeval

(Novela «Fresdeval», 1930)

La campiña remonta en suave declive hacia la sierra. Se ven los cauces henchidos por los turbiones de primavera, que enrojecen el agua de nieve; las delgadas hileras de chopos, los espesos escuadrones de olmos; los planos de sembradura, verde limón, entre barbechos sangre de toro. De Ocejón a Gredos, las sierras encadenan sus bultos corpulentos, agrandados en torres, catedrales de nubes.
Cerca, unos olivos desamparados evocan leyendas de ternura, sudor de sangre, una plegaria. Lejos, la silueta andante de un labrador.
Es noche cerrada. Desde el borde del alcor, el viñedo nevado en luna y la onda del suelo en tinieblas descienden a la vega. La luz prestigiosa cura de realismo la forma concreta de los cerros, las alamedas del río. Les presta con mágica virtud lo que no tienen: misterio, tenuidad. Cendales de plata se alargan por el valle, en volutas gaseosas. Brilla en el río un rayo de oro. Los seres de la fantasía, reinante en la noche de una tierra sin sueños, ¿vendrán sobre ella con música y danza leves, como este escenario pide?

13. Desarraigar la violencia

(Declaración ministerial, discurso en las Cortes, 15 de abril de 1936)

Lo que nosotros quisiéramos, señores diputados, es que nuestra obra —la nuestra, hoy; la de otros mañana— transcurriese con todas las dificultades y fracasos que son inherentes a cualquier política —cuando uno hace política desde aquí ya sabe que está llamado a fracasar—, que transcurriese con esas dificultades y trabajos, pero que contribuyéramos lo suficiente para que se desarraigara de entre nosotros la apelación cotidiana a la violencia física. Ya sé yo que estando arraigada como está en el carácter español la violencia, no se puede proscribir por decreto; pero es conforme a nuestros sentimientos más íntimos el desear que haya sonado la hora en que los españoles dejen de fusilarse los unos a los otros. Nadie tome estas palabras por apocamiento ni por exhalación de un ser pusilánime (que se cohíbe o se encoge delante de los peligros que pueda correr el régimen que está encomendado a su defensa). No. Nosotros no hemos venido a presidir una guerra civil; más bien hemos venido a evitarla; pero si alguien la provoca, si alguien la mantiene, si alguien la costea en la forma en que en nuestro tiempo puede sostenerse una guerra civil, nuestro deber, señores diputados, tranquila y sonrientemente, estará siempre al lado del Estado republicano.

(Discurso en el Ayuntamiento de Valencia, 21 de enero de 1921)

Vendrá la paz, y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mí, no. Permitidme decir esta terrible confesión porque desde este sitio no se cosechan, en circunstancias como esta, más que terribles sufrimientos, torturas del ánimo de español y de mis sentimientos de republicano. Ninguno de nosotros hemos querido este tremendo destino. Ninguno lo hemos querido. Hemos cumplido el terrible deber de ponernos a la altura de este destino. Vendrá la paz y vendrá la victoria; pero la victoria será una victoria impersonal: la victoria de la ley, la victoria del pueblo, la victoria de la República. No será el triunfo de un caudillo, porque la República no los tiene. Será una victoria impersonal, porque no será el triunfo de ninguno de nosotros, ni de nuestros partidos, ni de nuestras organizaciones. Será el triunfo de la libertad, el triunfo de los derechos del pueblo, el triunfo de entidades morales delante de las cuales nos inclinamos.
No será un triunfo personal, porque cuando se tiene el dolor español que yo tengo en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas. Y cuando vuestro primer magistrado erija el trofeo de la victoria, su corazón de español se romperá, y nunca se sabrá quién ha sufrido más por la libertad de España.

14. Juicio sobre sí mismo

(Borrador de «La velada en Benicarló», 1939)

Un error fundamental advierto, no en su conducta, sino en su actitud: cree que la política es igual al arte. Lo recuerdo de un discurso suyo: la política, como el arte, es una creación. Creo que son sus mismas palabras. Pues bien: es falso. El arte procede solo de la actividad independiente del espíritu. El arte maneja valores limitados, despersonalizados. No hay más personalismo que el del artista. La política es muy otra cosa. Maneja realidades que el político no elige. Maneja hombres, pasiones que no se recortan a su capricho. Conducir hombres es distinto de escribir comedias. Su defecto es ser demasiado artista. De ahí proviene su serenidad, su certidumbre de iluminado, y su imponente desdén. Vence en los empeños más fuertes, y se le han comido crudo en los más pequeños.
(Estas palabras son, como no podía ser menos, de don Manuel Azaña.)
En tiempos venideros, variados los nombres de las cosas, esquilmados muchos conceptos, los españoles comprenderán mal por qué sus antepasados se han batido entre sí más de dos años; pero el drama subsistirá, si el carácter español conserva entonces su trágica capacidad de violencia apasionada. Percibirlo así, una vez más, en la plenitud de la furia fraticida, ha llevado al ánimo de algunas personas a tocar desesperadamente en el fondo de la nada.

15. Manuel Azaña Díaz

Nació en Alcalá de Henares, calle de la Imagen nº 3, el 10 de enero de 1880.
Hijo de Esteban Azaña y Catarinéu y de Josefa Díaz-Gallo y Muguruza.
Doctor en Derecho.
Funcionario de la Dirección General de los Registros y del Notariado del Ministerio de Gracia y Justicia.
Ministro de la Guerra entre 1931 y 1933.
Presidente del Gobierno.
Presidente de la República entre 1936 y 1939.
Falleció en Montauban (Francia), el 3 de noviembre de 1940.

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