CONFERENCIA AMANDO DE MIGUEL SOBRE CATALUÑA (CONSIDERAMOS INTERESANTE)

Cataluña: España al cuadrado
Amando de Miguel
La tesis inicial de este texto es tan simplicísima como una elemental fórmula matemática. Cataluña viene a ser algo así como España al cuadrado. Esto es, Cataluña no es solo una región de España, sino acaso una muy especial, hasta el punto de que amplifica o exagera algunas de sus características que asignamos al pueblo español. Lo cual sería entrar en el vidrioso capítulo de la psicología colectiva. Acéptese solo como una aproximación literaria. No deja de ser curioso que el gentilicio “español” parezca dicho en lengua catalana. La terminación en <-ol> resulta extraña en castellano y muy común en catalán. Es solo una pista. Otra del mismo fuste lingüístico es que tanto “Cataluña” como “Castilla” significan primeramente “tierra de castillos”.
Una buena parte de lo que se ha escrito sobre Cataluña ha sido desde dentro de ella. Además, ese análisis ha alcanzado una gran difusión, dado que Barcelona ha sido por mucho tiempo el centro de la industria editorial en castellano. Tan fuerte es esa tendencia que se ha impuesto la presunción de que solo los catalanes pueden escribir propiamente sobre sí mismos. Como castellano que soy de nación, me atrevo por un momento a conculcar esa prescripción latente, más que nada porque no le encuentro mucho fundamento.
Otra de las reglas no escritas de la vida pública española de las últimas décadas es la de que no hay que criticar a los nacionalistas, sobre todo vascos y catalanes, que son los de mayor solera. Es una norma que suelen seguir los políticos, escritores y comunicadores de todas las camadas. No se sabe por qué se tiene que cumplir un precepto tan caprichoso. Puede que sea un juego implícito: los nacionalistas no deben ser criticados hasta que no se declaren abiertamente separatistas (ellos dicen independentistas). Se colige que, antes de llegar a ese punto, se mantienen con un talante moderado, sus acciones no afectan al resto de los españoles. Es mucho suponer, pero subsiste el complejo que digo. Como si estuviera escrito en un código implícito.
No es solo la inhibición de criticar, sino algo más preocupante. Durante las últimas generaciones, en los medios intelectuales castellanoparlantes se observa una disposición falsamente obsequiosa y aduladora respecto del catalanismo. Supongo que es una manifestación de esa bobada de lo “políticamente correcto”. En los últimos lustros es esa falsificación lo que facilitado que el catalanismo sedicentemente pactista se haya convertido en independentismo radical y agrio. Pero los independentistas del último día han calculado mal la fuerza del Estado (el de verdad, no España), basándose en la persistencia del complejo que digo. Su error ha sido tan descomunal que unos han acabado en la cárcel y otros como forajidos, esto es, delincuentes huidos de la Justicia. Por lo menos han conseguido cierta notoriedad.
¿En qué consiste el tan traído y llevado “problema catalán”? Se trata de un “proceso”, término tan querido de los catalanistas. Es decir, es algo que no termina nunca, en cada momento adquiere nuevas dimensiones. Desde hace más de un siglo la fuerza política y cultural dominante en Cataluña ha sido el catalanismo. Inicialmente fue provincialismo, luego regionalismo, después nacionalismo y en los últimos años soberanismo o independentismo. Desde fuera suele pasar por separatismo; técnicamente sería secesionismo. A lo largo de ese proceso el catalanismo ha influido decisivamente en la gobernación de España. Simbólicamente, dos de los siete componentes de la comisión redactora de la Constitución de 1978 fueron catalanistas, uno de derechas (Roca) y otro de izquierdas (Solé).
El nacionalismo ha gobernado en Cataluña, en solitario o en compañía de los socialistas regionales, durante los últimos 40 años. Su papel hegemónico ha degenerado en un alto nivel de corrupción, no solo en su faceta delictiva, sino en la posibilidad de enriquecimiento personal a través de la política por vías legales. Esta secuencia se podría comparar con el caso del socialismo andaluz. En ambas circunstancias se produce el hecho de que sigue gobernando el partido corrupto hasta las cachas, al contar con un amplio respaldo apoyo electoral. Lo específico de Cataluña es que los catalanistas han medio convencido a la población de que “España nos roba”. Lo cual es una pirueta propagandística tan disparatada como inteligente. Los Gobiernos nacionalistas en Cataluña no solo se han hecho perdonar electoralmente sus latrocinios. Más grave es la práctica impunidad con la que han actuado a la hora de atropellar los derechos de los castellanoparlantes.
Últimamente, la cuestión catalana es la que más preocupa a los españoles ávidos de noticias, de las que sobrepasan el mundo del “famoseo”. Se centra en la insólita pretensión de una gran parte de los catalanistas para desgajar a Cataluña de España. El resto de los españoles asisten estupefactos al espectáculo. Puede que se trate de una hipérbole, una más de las varias que aparecen a lo largo de la accidentada Historia de España. Supera a los otros nacionalismos españoles de la época contemporánea. Mientras tanto llega el objetivo milenarista, el juego consiste en presionar para obtener todo tipo de ayudas y privilegios por parte del Gobierno de España. El País Vasco lo ha desempeñado hasta hoy mismo con grandes frutos. Pero los nacionalistas catalanes, cansados ya de pactos, se han liado la manta a la cabeza y exigen ya la independencia inmediata de su región, transmutada en nación. Es el triunfo del voluntarismo.
Como anticipo de la exigencia soberanista, se ha planteado, y en parte conseguido, la condición de que el catalán sea el idioma prevalente en la vida pública de Cataluña. Bien es verdad que el castellano es un idioma de comunicación internacional y lo conocen todos los habitantes de Cataluña. Por tanto, resulta suicida eliminarlo de cualquier territorio donde se utilice con naturalidad. Hace un siglo, al independizarse los nacionalistas irlandeses, no cometieron la tontería de prescindir del inglés en la vida pública de la nueva República.
Es casi un axioma identificar a los catalanes con el sentido común, el sosiego, la sensatez, la mesura; en síntesis, el seny. No hay muchos datos para probar tal identificación, como todos los que se basan en la psicología colectiva. Antes bien, si algo distingue a la cultura y a la política de Cataluña es la desmesura, la exageración. No hay más que recordar alguna manifestaciones o expresiones del genio de Cataluña: el anarquismo, el arte de Gaudí o de Dalí, el teatro de Boadella, los escritores como lletraferits. Un exceso reciente y llamativo ha sido la rocambolesca peripecia del presidente Puigdemont, prófugo de la Justicia. Desmesura podría ser también la obsesión general de los independentistas catalanes por los orígenes de su patria. Cierto es que el rasgo de la desmesura es general en España. Lo cual confirma la sospecha de que España no puede entenderse sin ese alcaloide histórico que es Cataluña. Y también al revés.
Llama la atención el enorme peso historicista de los intelectuales españoles que escriben sobre su país. Sucede asimismo que la pléyade de hispanistas (los extranjeros doctos en cuestiones españolas) son casi todos historiadores de profesión. Pues bien, ese rasgo historicista es más visible aún en el grupo de intelectuales o periodistas que escriben sobre Cataluña. Es raro encontrar un texto sobre la sociedad catalana que no se refiera al pasado, no ya de un par de generaciones, sino de varios siglos. Los historiadores catalanes suelen idealizar los orígenes de Cataluña, acentuando las diferencias que hubo con Castilla y Aragón. La principal es que ya hacia el año 1000 en Cataluña, y más propiamente en el condado de Barcelona, empieza a fraguar la idea de una nación soberana. Sería, pues, propiamente la primera del mundo.
Con toda la naturalidad, los historiadores catalanistas han logrado convencer a la población de otra quimera: durante siglos ha funcionado una institución llamada “Corona catalanoaragonesa”. Que no fue absoluta, sino pactista o confederal. Como consecuencia, se establece la justificación histórica del independentismo catalán actual y de sus anhelos irredentistas: la reconstitución de los “países catalanes”, principalmente con Valencia y Baleares.
Los ideólogos del catalanismo aparecen tocados de una suerte de “adanismo”, y no solo porque algún clérigo trabucaire estableció que el Paraíso Terrenal se situó en Olot. Quieren hacer ver que Cataluña se anticipó a las demás entidades de España, y aun de Europa, en muchas innovaciones políticas y culturales. Bien es verdad que tales justificaciones por el pedigrí histórico las podrían aducir otras regiones con parecidos argumentos.
Junto al historicismo, se encuentra otra coincidencia entre los expertos en España y los que se refieren a Cataluña. Es lo que podríamos llamar “academicismo”, en el sentido de que los textos de su respectiva especialidad se limitan a ser un centón de citas. Es el rasgo de estilo que distingue a las tesis doctorales en las ramas de Humanidades y Ciencias Sociales. Pudo ser un empeño útil en la época anterior a Google, pero hoy resulta un tanto pedante. Aun así, subsiste.
En síntesis, el catalanismo no deja de ser un fenómeno genuinamente español. De ahí que el análisis de su política adquiera tintes que se dan en otras regiones y en el conjunto de España. Por ejemplo, el “fulanismo” de los partidos políticos, que son más bien cohortes en torno a un caudillo. O también la escandalosa corrupción de la vida política. Tampoco es cuestión de entusiasmarse mucho por la pertenencia del catalanismo a la gran familia española. Hay que contar con el espíritu de venganza de ciertas metáforas. En muchas familias españolas hay parientes con los que los demás no se hablan o, peor, se odian. Las peleas entre parientes suelen ser especialmente agrias.
El problema catalán es también el problema español en la medida en que ambas entidades, Cataluña y España, pretenden ser naciones. La sentencia salomónica del conflicto podría ser que España es un Estado plurinacional o una nación de naciones. Pero ese es más que nada un juego de palabras que no contenta a ninguna de las partes. La base del catalanismo es que Cataluña es una nación y, por tanto, debe contar con un Estado propio. Es una vaga salida que puede oscilar entre ser una comunidad autónoma, una fórmula de autogobierno o la plena soberanía, esto es, la independencia. Lo que los catalanistas llaman “proceso” consiste en atravesar por esas tres opciones o fases con la mayor diligencia posible. De repente, a los milenaristas les han entrado las prisas. No sería un asunto menor que, conseguida la independencia de Cataluña, se dictara un generoso indulto para los delitos de los políticos.
El silogismo explícito de los ideólogos del nacionalismo catalán es así de sencillo: “Cataluña es una nación. A toda nación corresponde un Estado. Luego Cataluña debe autogobernarse, o mejor, independizarse, lo mismo que han logrado muchas colonias”. El razonamiento implícito corre así: “En ese Estado vamos a mandar nosotros, los que siempre hemos mandado, al menos de una forma subrepticia”. La consecuencia práctica de los anteriores discursos es este otro: “Cuanto más débil sea el Estado español y más competencias ejerza la Generalidad de Cataluña, más pronto acabará el proceso y alcanzaremos nuestro objetivo”. El cual ha seguido una táctica paso a paso y de hechos consumados. Por ejemplo, los Gobiernos de Cataluña han logrado imponer el adjetivo “nacional” a ciertas instituciones culturales. Al mismo tiempo, las provincias catalanas pasan a ser “demarcaciones”. No es menor la táctica de que en los espacios dramáticos subvencionados los personajes ridículos o ancilares se expresan en castellano.
El criterio ponderado para dilucidar si Cataluña es una nación es que así se la considere fuera de ella por la opinión ilustrada. No basta que tal asignación provenga de los catalanistas, que serían siempre parte interesada en la polémica. El hecho es que desde fuera de Cataluña difícilmente se puede encontrar el reconocimiento de Cataluña como nación. Solo se hará en el prístino sentido de la nación como “el conjunto de los nacidos en Cataluña”. Lo cual no sirve de mucho en términos políticos, pues excluiría a los inmigrantes que residen en Cataluña y que son una buena parte del censo. Por lo mismo, incluiría a los muchos catalanes de nacimiento que viven fuera de Cataluña, lo que supondría un contrasentido todavía mayor.
Otra cosa es que Cataluña se declarara independiente con todas las de ley. A partir de ese momento hipotético sería fácil que el resto del mundo empezara a percibir a Cataluña como nación. Eso mismo es lo que ha sucedido desde hace siglos con España. Nadie duda de que corresponde a una nación y a un Estado. La política internacional se mueve con hechos, no tanto con voluntarismos.
Un problema teórico sin solución es que, al afirmar la existencia de una nación catalana, se está negando la de la nación española. Luego resulta inevitable el conflicto, incluso podría originarse una guerra civil. De paso, habrá que recordar que la anterior guerra civil, la de 1936, no fue entre España y Cataluña, como pretenden algunos ideólogos catalanistas.
La nación catalana, que nunca ha sido independiente, se basa en la aspiración a serlo al disponer de una cultura y lengua propias y al correspondiente sentimiento de identificación los catalanes. Pues bien, la nación española se apoya igualmente en una comunidad de cultura, una lengua común y el sentido de pertenencia. Pero se añade el detalle definitivo de que la nación española sí ha sido independiente durante siglos. ¿Qué sentido tendría desgajarse para levantar otras naciones dentro de ella, no solo la catalana? Para empezar, supondría un coste económico prohibitivo. No digamos la dificultad de que la Unión Europea aceptara una salida tan errática.
Hipotéticamente, una Cataluña independiente podría vivir sin el resto de España, al considerarla como un Estado opresor. Pero la simetría no se cumple por el otro lado. La nación española sin Cataluña carecería de razón de ser; ni siquiera podría seguir siendo España.
Llama la atención otra paradoja. Por un lado, los catalanistas sostienen que su nación lo es desde siempre, desde el tiempo medieval en el que aún no existían tales entidades. Las “naciones” consistían entonces en agrupaciones de personas unidas por el paisanaje. Pero al tiempo, esos mismos ideólogos se muestran sumamente atareados en la “construcción nacional” de Cataluña, que, al parecer, no termina nunca. En su virtud, se logra que un sinfín de entidades culturales, económicas, deportivas, religiosas, etc. se pronuncien a favor del catalanismo.
Una de las expresiones más confusas es la que han impuesto los nacionalistas catalanes al hablar de “Estado”. Al considerar a Cataluña como nación (y no digamos como “nacionalidad”, otro malentendido), se diluye en la parla política la nación española, que pasa a ser simplemente “Estado”. Todo para no tener que pronunciar la palabra vitanda “España” o “español”. Se acepta con naturalidad decir “de ámbito estatal” en lugar del calificativo de “español”. Asombra el éxito que ha tenido en el vocabulario general de los políticos y los medios españoles el disparate terminológico anterior. Lo ha asimilado sobre todo un gran sector de la izquierda. Ni los más aguerridos fascistas en España llegaron a imaginar que se podía cumplir el sueño de hacer equivalente la nación española con el Estado.
El asunto de los gentilicios se halla tan distorsionado que muchos catalanistas se las ven y se las desean para evitar referirse a los “españoles”. En su lugar, hablan, por ejemplo, de los “peninsulares”, sin caer en la cuenta de que esa etiqueta incluye a los portugueses, gibraltareños y andorranos, excluyendo, además, a los habitantes de Canarias, Ceuta y Melilla. Si se evita el término “españoles” es porque inevitablemente englobaría a los catalanes; por lo menos así ha sido desde que empezaron a funcionar tales gentilicios en la Edad Media.
Las naciones se distinguen por símbolos de identificación, por lo general poco discutibles. Pero no es el caso de España, donde todavía no es unánime el reconocimiento de una bandera que represente a todos. Siempre surge la añoranza de la bandera republicana por parte de ciertos grupos de la izquierda. Algo parecido sucede con Cataluña. Los nacionalistas catalanes tampoco se ponen de acuerdo sobre cuál deba ser la bandera de su país, si la cuatribarrada estricta o la estrellada.
La innovación que hizo la Constitución de 1978 del Estado de las autonomías (donoso oxímoron) ha sido un éxito administrativo. Pero al tiempo ha significado un coste elefantiásico y, al final, un fracaso político. La continua demanda de más competencias para los Gobiernos regionales (autonómicos) parece un proceso sin fin, hasta derivar en algunos secesionismos. No es menor tacha que el régimen de comunidades autónomas ha propiciado unas altas cotas de corrupción política que parecían impensables. Cataluña no se ha quedado atrás en esa carrera de la corrupción.
Una nación se define por ser diferente de las otras. No está nada claro cuál sea el famoso “hecho diferencial” de Cataluña, se entiende, respecto del resto de España. No puede ser la lengua que muchos catalanes, y aun las leyes, consideran como “propia”. En otras regiones españolas hay también lenguas diferentes del castellano, y también se consideran como “propias” de la región correspondiente. El hecho fundamental es que hoy la proporción de españoles que entienden el castellano es mayor que nunca.
Las peculiaridades de la historia de Cataluña, de su economía, de sus costumbres tampoco son tan exclusivas. Si acaso, el verdadero hecho diferencial de Cataluña es que sus minorías intelectuales, políticas o empresariales se han ocupado abundantemente en resaltar su carácter autóctono. Hay que reconocer que lo han hecho con notable éxito. Cuidado que a la generalidad de los españoles que piensan les priva hablar de sí mismos. Pues a los catalanes, más.
El verdadero e insólito hecho diferencial de Cataluña es que ha llegado un punto en el que más o menos la mitad de su población desea separarse de España. Ese estrambótico dato significa que la sociedad catalana aparece dividida en dos de manera insoluble. Si el porcentaje de independistas se situara en torno al 20%, ese fenómeno sería un estado de opinión más, sin consecuencias para la secesión. Si se situara próximo al 80%, nos encontraríamos en la antesala de una natural independencia, como ha habido otros casos en la Europa contemporánea. Pero la situación cercana al 50% significa un conflicto permanente.
El hecho diferencial de Cataluña se ha buscado otras veces en la raza, la psicología colectiva, la mentalidad predominante, etc. Lo que importa es la conclusión a la que se llega tantas veces: los catalanes son superiores a los demás pueblos españoles, quizá mano a mano con los vascos, los valencianos y los baleares. Como es fácil suponer, no es fácil que el resto de los españoles vayan a aceptar resignados esa tácita inferioridad. Podrá parecer estomagante la matraca del “hecho diferencial” o la del “conflicto con el Estado”, pero esa continua salmodia ha sido muy útil para los catalanistas.
Otra ambivalencia muy curiosa es la fuerza centrífuga de los catalanistas respecto a su inserción en España y al tiempo su presión constante para participar en la dirección política y cultural de España. A lo largo del franquismo casi siempre se sentaba un catalán (nacionalista de derechas, naturalmente) en el Consejo de Ministros. Su misión estaba clara: defender los intereses de los industriales catalanes. Como queda dicho, advenida la transición democrática, los catalanistas lograron situar a dos representantes suyos en la comisión redactora de la Constitución. En la democracia ha sido constante el imprescindible apoyo de los nacionalistas catalanes o vascos en todos los Gobiernos de los partidos nacionales. Esa continua presencia ha influido en la definición de España como un “estado plurinacional” o una “nación de naciones”. Da igual que tales expresiones no figuren en el texto constitucional; han quedado como una pista para interpretarlo. Confusas y deletéreas como son, han servido para fundamentar las pretensiones secesionistas de Cataluña.
Siempre se puede razonar que la independencia de Cataluña no ha llegado. Incluso, planteada como una declaración unilateral de independencia en 2017, ha constituido un delito de sedición. Mas no importa. En el entretanto, la presión catalanista a lo largo de más de un siglo en las Cortes y en los Gobiernos ha servido muy bien para defender los intereses de las empresas de Cataluña. En su día se llamó “fomento del trabajo” a esa acción defensiva, un acierto terminológico. Otra paradoja: con ocasión del pequeño golpe de Estado que supuso la declaración de independencia de la República Catalana en 2017, muchas empresas catalanas decidieron situarse fuera de la región. Ha sido un episodio más de la general ambivalencia del catalanismo. El cual termina siendo, más que nada, una forma de subsistencia de los que mandan en Cataluña.
Empleo ese circunloquio de “los que mandan” en Cataluña para agrupar no solo a los empresarios y nacionalistas, sino a los intelectuales y los líderes de los sindicatos y determinadas asociaciones cívicas. El éxito de fuerzas tan dispares ha sido el control inusitado de los medios y de la vida cultural. Han conseguido que ese reducido conjunto se identifique con Cataluña. Si alguien criticara a ese núcleo de poder o influencia se expondría a que lo consideraran como enemigo u opresor de Cataluña.
Habrá que explicar por qué, en contra de todos los razonamientos, se ha impuesto el deseo de independencia en una mitad, más o menos, de la población catalana. En la hueste de los varios millones de catalanes favorables a la secesión se ha inoculado la idea de despreciar a España, de sentirse incómodos con sus símbolos. Ha sido todo un éxito de la propaganda nacionalista en lo que tienen de sentimental.
¿Pero no quedamos en que los catalanes son pragmáticos y que, por tanto, entienden que les conviene seguir siendo parte de España? A la mitad de ellos, no. De ahí el enfrentamiento sin fin. Se trata más bien de un “juego de suma nula” en el que los dos contendientes van a perder. Hay muchos ejemplos de relaciones sociales en las que tiene lugar tal obcecación.
Durante muchos años todo el que se oponía a la política nacionalista de los que mandan en Cataluña era tachado de “facha” o denuestos parecidos. Es evidente la paradoja, pues lo realmente fascista ha sido el talante totalitario de la política nacionalista. Se ha proyectado sobre todo en el prepóstero control de los medios de comunicación y en la orientación ideológica de la enseñanza. La defensa de la lengua catalana solo ha sido una coartada.
La vena totalitaria del catalanismo se revela en la consideración de que cualquier crítica que reciba debe ser tratada como una afrenta a Cataluña. El catalanismo necesita presentarse como secesionista para convencer a su electorado de que “España” (es decir, el resto de ella) es su enemigo. Como se trata de un juego de guerra, vale desplegar toda la propaganda posible, incluida la tergiversación de la Historia y el intento de excluir el idioma castellano de la vida pública catalana. Enfatizo el intento porque me parece extremadamente difícil conseguir que el castellano desaparezca de la sociedad catalana. Solo podría tener éxito (como lo fuera en el caso de Filipinas) si el castellano fuera sustituido por el inglés. Parece un supuesto absurdo, pero la parte más viajada del catalanismo lo intentará.
Resulta moralmente incomprensible y políticamente suicida que el objetivo primordial del catalanismo haya sido el plan de erradicar el castellano de la vida pública de Cataluña. Objetivamente, el hecho de contar con el castellano ha ayudado mucho a la vocación exportadora de las empresas catalanas, empezando por las editoriales.
Por mucho que se pueda hablar de hegemonía del nacionalismo catalán, la verdad es que nunca ha sido completa, por mucho que ahora haya “salido del armario” y se declare independentista. Se registra igualmente en Cataluña una activísima resistencia al monopolio ideológico nacionalista. Más que nada se orienta a la protesta intelectual contra la llamada “normalización de la lengua” (catalana) y la “inmersión lingüística” de los escolares (en el idioma catalán). Según esa política, en el más tolerante de los casos, el castellano pasaría a estudiarse como una lengua extranjera. Recordemos que el número de tontos es infinito.
El catalanismo se ha presentado siempre con ínfulas totalitarias, de exclusión y persecución de los adversarios. Sin embargo, al final ha pesado más la mentalidad pluralista que ha dominado en los espíritus más libres de la Cataluña contemporánea. Frente a las pretensiones hegemónicas del independentismo, se ha alzado una oposición contumaz de ciertos elementos españolistas o simplemente tolerantes. Casi siempre ha sido más bien una disidencia de intelectuales, originariamente escorados hacia la izquierda, hasta muy recientemente poco aptos para construir un partido político. La inercia de tantos esfuerzos de los resistentes a la hegemonía nacionalista ha acabado por cristalizar en un partido: Ciudadanos. El cual ha ido avanzando durante los últimos años hasta resultar en la formación con más escaños en el Parlamento de Cataluña. De momento no puede gobernar porque la alianza de los partidos nacionalistas forma un bloque que acapara la mayoría parlamentaria.
Durante los últimos decenios la hegemonía nacionalista ha significado para Cataluña una pérdida cuantiosa de capital humano, al forzar el éxodo de miles de profesores y otros profesionales. Al tiempo, la continua política “normalizadora” ha supuesto dedicar un sinfín de subvenciones a todo tipo de “movilizaciones” para diseminar el fervor catalanista de la población. El resultado ha sido un notable estancamiento del tradicional ímpetu económico de Cataluña. Las empresas punteras en España se sitúan ahora especialmente en Madrid, no en Barcelona. El relativo declive económico de Cataluña se acentúa porque sus clases empresariales han perdido la extraordinaria capacidad creadora y comercial de antaño. Pero esa cuestión corresponde explicarla a otras personas más duchas que yo en materia tan intrincada como es la Economía. Mi propósito ha sido solo un estímulo para hacer pensar.
Málaga y Sevilla, 29 y 30 de enero, 2018.

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