LA MASOFOBIA EN LAS CALLES DE MADRID

Estoy convencido que algo se esta haciendo mal, algunos solo piensan en ellos más que en el grupo y la sociedad, así como las intrigas internas que dañan tanto.
La masofobia resuena en las calles de Madrid

“El masón, al paredón”. Esta terrible consigna resonó ayer en Madrid durante la concentración en contra de las medidas sanitarias adoptadas por nuestras autoridades para tratar de contener la pandemia de Covid-19. No es la primera vez que ese grito de odio suena en España: entre 1936 y 1978 ser masón en España era un delito. Sin embargo, hoy, en la España democrática, el delito es el odio al diferente, castigado por nuestro Código Penal con pena de prisión de uno a cuatro años.

Son las autoridades competentes, no nosotros, las que deben determinar si ayer, ante las cámaras y micrófonos de los medios de comunicación, se produjo un delito de odio. A nosotros, desde la serenidad, nos toca reflexionar sobre las raíces profundas de ese odio hacia nuestra orden. Dicho de otro modo, ¿es evitable la masofobia? Creemos que no. La masonería, como cualquier otra institución, lleva mucho tiempo explicando qué es y a qué se dedica. Ya hemos visto esta reacción en otros momentos de la historia. La masonería siempre atraerá odio porque, en esencia, es amor. Del más puro que pueda imaginarse: fraternidad humana sin importar la raza, la nación, la clase social, el credo religioso o las ideas políticas.

La masofobia es un síntoma, allí donde aparece, de que algo no va bien. Ayer fuimos atacados desde el fanatismo y la ignorancia. A la hora de salir de su ignorancia y perseguir la verdad fenomenológica, el ser humano cuenta desde hace siglos con el método científico: los hechos deben demostrar las hipótesis que formula. En nuestros días, sin embargo, hay un retorno a la probatio diabólica medieval: creer firmemente en una idea, aunque no pueda demostrar que es cierta, porque es indemostrable que no es cierta.

Bajo estos esquemas de pensamiento, propios de la ignorancia y el fanatismo, desterrados por la lógica, ajenos a la ciencia, prolifera en nuestros días todo tipo de desinformación sobre la pandemia que padecemos. Lo más terrible no son las ideas en sí, ni que algunas de ellas nos incluyan en sus delirios. Lo más terrible son los actos que provocan, de consecuencias sanitarias insospechadas, como una concentración de miles de personas que incumplen, desconfiando de la ciencia, las medidas de distancia social y protección decretadas para contener los rebrotes.

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