NECESITAMOS ETICA EN POLITICA (PUBLICADOS EN LA “OPINION DE ZAMORA”

NECESITAMOS ETICA EN POLITICA (PUBLICADOS “OPINION DE ZAMORA”

Quiero al empezar este artículo recordando a un amigo Ignacio Sarda Martín, pues acabo de releer sus libros sobre “Apuntes de Ética” editados en 1945.

Probablemente no estamos tomando conciencia de la gravedad del momento moral en que estamos viviendo. Si entendemos por ETICA la parte de la Filosofía que trata de la moral y de las obligaciones de la sociedad, habrá que concluir que el comportamiento de algunos políticos y de muchos ciudadanos, no es el adecuado. La ETICA tiene por objeto entender el carácter de bondad o maldad de las acciones humanas, se necesita moralizar la vida política y social, así como recuperar el sentido cívico de la participación ciudadana. El desarrollo individual no debería limitarse solo a la esfera privada. Es más, es conveniente llevar a cabo un discurso que nos conecte con las mejores tradiciones de transformación de nuestra vida pública, donde el carácter moral de la misma la entendamos como un intento de elevar la presencia moral. La democracia tiene otras motivaciones, tratar de hacer ciudadanos, cuyo comportamiento personal y social este basado en una clara tabla de valores cívicos.

Las personas sentimos un impulso hacía la justicia, la búsqueda de la verdad moral. Por ello la ETICA aplicada a la política (con mayúscula) tendría por objeto enseñarnos como debe ser organizarnos en sociedad, para que la sociedad y los gobiernos sean morales, esto es, para que satisfagan las exigencias de la ética. La política ética sería pragmatismo puro que acabaría conduciendo a graves consecuencias para la vida.

En este sentido cabe recordar que la política se ha independizado de la ética y sucumbiendo a un “realismo sin principios” y un “pragmatismo sin convicciones.”

Los políticos reducen su gestión a un trato por los “intereses partidarios. Por el contrario, algunos politólogos-sociólogos insisten en la necesidad de la crítica moral de la realidad política y añaden que la política debe ser el cauce para realizar los ideales morales. Aceptar otra posibilidad sería tanto como negarnos la capacidad de pensar.

Tendríamos que actualizar el concepto como definió Aranguren a la democracia, dándole en nombre de “Democracia con Moral”. La democracia según Aranguren no sería nunca una “democracia establecida”, en la que nos pudiésemos instalar con comodidad y fáciles aspiraciones. La democracia sería una aspiración moral permanente insatisfecha, precisando de una constante autocrítica para evitar quedarnos prendidos en las redes de la falsa satisfacción.

La función del político (profesional) debería volver a alcanzar la imagen de rigor, de pulcritud, que tuvo en el pasado. Un político puede ser, en su fuero interno profundamente inmoral, o, amoral. Pero será un mal político si prescinde de la moral como arma política. Esta afirmación tan normal y simple hoy parece sorprendente. Pero no debemos dejarla de lado, hay que tomarla muy en serio para que la confusión no siga siendo una regla general en este aspecto. Estamos asistiendo tanto a un proceso de degeneración de la función pública, que parece que estamos olvidándonos lo que debe ser la política, lo que los grandes tratadistas han señalado y demandan los principios generales de la ETICA.

NECESITAMOS ETICA EN POLITICA II

Un político que se entregase a la inmoralidad-amoralidad (Política) sería un mal político, lo mismo si se declarase formalmente maqjuiavélico. El maquiavelismo del político puede ser un modo secreto de proceder, nunca constituir un programa político.
El político maquiavélico no sería mal político solamente por decirse maquiavélico, lo sería por serlo. La democracia tiene que ser algo más serio que la manipulación permanente de la opinión pública. No se puede engañar por sistema a los electores. El Político ha de “creer” en lo que dice.
Gumersindo de Azcárate, uno de los grandes estudiosos de los problemas de la democracia de finales del XIX y principios del XX, mantuvo la necesidad imperiosa de un cambio moral en quienes practicaban la política en España. Azcárate no se quedaba además en el puro remedio: afirmaba que era preciso que los políticos fuesen morales, buscó procedimientos eficaces para arreglar la vida política tanto en cuanto estructura de poder como en cuanto al ejercicio y administración de la misma. Se daba cuenta de que las instituciones requieren en cada caso concreto reajustes e incluso novedades para que la democracia se realice en la práctica según el régimen parlamentario.
Azcárate hacía también hincapié en la necesidad de extender la moral en política a todos los comportamientos relacionados con ella. La HONRADEZ del gobernante no consiste únicamente en no meter las manos en la Caja, no hacer ni favorecer negocios sucios. En el decálogo de la moralidad política debía figurar también el respeto a las leyes, la sinceridad en los procedimientos electorales, la lealtad para cosas y personas, para con los particos y el propio país. Son preceptos cuya infracción no causa el escándalo que lleva consigo la violación de los primeros, pero que producen quizás efectos más hondos y perniciosos.
Cuando los hombre y mujeres se dedican a la función pública y hacen en el desempeño de su función actos que serían incapaces de realizar en su vida privada, entonces, la impudicia se llama celo en favor de los amigos el engaño cuando logra su objetivo prueba de talento. Ocurre entonces que las personas comienzan a acostumbrarse a este tipo de abusos. Decía Azcárate “primero se formulan con temor, para pasar después a reglas de vida entre los que se llaman hombres del mundo, a la postre, se deslizan traidoramente a través del cuerpo social, llegando a no dejar en pie otra moralidad que la consignada en el código penal”. Las faltas que no transcienden se aceptan como inevitables acabando, corroyendo la estructura moral de la sociedad por la fuerza de la costumbre.
Hoy la vida social está convertida en una mera farsa, en un espectáculo, donde muchos no delinquen no por falta de ganas, sino simplemente por miedo a las consecuencias jurídicas de su proceder. Vivimos en una sociedad donde la picaresca imprimé carácter a todas las formas de relación social. Llegando el proceso al punto, de que quienes lo denuncien corren el riesgo de caer en el ridículo y que se les tome por cándidos e inocentes. Reclamar a los políticos sinceridad en tal clima moral sería irreal. Para muchos la política es una cosa ajena, una profesión simplemente para lucrarse los que la ejercen por medios ilícitos.
Los problemas de la ETICA en la política no se cinscunscriben solamente al comportamiento de unos políticos, o de una clase política concreta, sino que tienen una dimensión social indudable, pues influyen y determinan el clima moral de toda la sociedad.
El clima moral es importante ya que muchos miembros de las nuevas generaciones no dejan de iniciar su aprendizaje social en medio de las modelos de conducta que imperan en el medio. Nos dice José Luis ARANGUREN “cada hombre se hace a sí mismo. Pero en el sentido que en este momento nos concierne, el hombre es hecho por la sociedad en que vive y por el mundo histórico-cultural a que pertenece. Y esto tanto positiva como negativamente. La CULTURA nos abre un camino, pero, a la vez, nos encamina o encauza por él”.

NECESITAMOS ETICA EN POLITICA III

Es evidente que la sociedad conforma la mentalidad de sus miembros, (socializándonos) la conciencia del ser humano está muy determinada por su existencia social. El individualismo en la conciencia social y moral está muy condicionado por la pertenencia a una sociedad o clase determinada, y esto tanto en la línea de los “perjuicios”, como en la de los “intereses”, que se revisten y enmarcan, respectivamente, de “normas” morales. El conocimiento tiene lugar también en cuanto que la sociedad suministra posibilidades –originariamente intelectuales y económicas, pero, consecuentemente, morales también- a los ciudadanos mejor situados dentro de ella, y niega “oportunidades,” como suele decirse, a los peor situados.

La moral no es social solamente por el origen de las normas, sino también por el origen de la conciencia moral. El “tribunal” de la conciencia es, en el fondo, la interiorización del tribunal moral de la comunidad (sociedad). Por eso no parece que estemonos dando cuenta de la gravedad de la situación que encierran los fenómenos de la corrupción política que son más graves de los que abarca la esfera individual, pues influyen en el clima moral de la sociedad, impulsando fenómenos negativos de carácter histórico, creando una sensación de rechazo individual y colectivo, de retirarse a la vida privada, ante un panorama externo tan poco edificante, con lo que las soluciones se hacen más difíciles todavía, pues sin la participación de los ciudadanos son ilusorios los cambios que la sociedad precisa.

En el clima moral actual, donde la relajación de costumbres en un hecho, y los valores existentes entre los españoles son egoístas, mercantiles, la moral social es poco elevada. Se defiende el éxito sin más, sin parar a analizar las causas del mismo. La admiración popular por personajes que han delinquido es muy indicativa del verdadero clima moral de una sociedad donde los ejemplos de buen comportamiento no abundan. Se admira, en suma, a quién ha tenido el valor suficiente para hacer lo que otros muchos no tienen. Una encuesta reciente de un “Centro de Investigaciones sobre la Realidad Social”, señalaba que los españoles se muestran rigurosos a la hora de aceptar situaciones poco éticas, pero son comprensivos con “arreglar la declaración de la renta” para pagar menos a hacienda, o “mentir en interés personal. Según estos ejemplos hasta para cumplir las normas sociales, nuestro horizonte vital es muy reducido. Son infracciones pequeñas si se quiere si queremos argumentar, pero que encajan perfectamente en el clima existente de escasa ejemplaridad social. Frente a la clase política, el español no se siente participe, y en su afán de evitar tan elevados impuestos se disculpa por la sospecha de que su dinero irá destinado más que a mejorar los servicios públicos a pagar las alegrías presupuestarias de la clase política. “Hoy la ciudadanía estamos aburridos y asqueados de la política” y esto es peligroso para la convivencia.

NECESITAMOS ETICA EN POLITICA IV

En una democracia parlamentaria, la participación de los ciudadanos no debería ser un problema, muy al contrario, debería ser algo completamente normal. Es más, la participación tenía que ser consustancial con el sistema. La Constitución señala que la soberanía reside en el pueblo, y sin un papel activo del mismo, los funcionamientos de las instituciones democráticas deberían resentirse. En el caso español el tema es doblemente importante, pues no sólo afecta a la legalidad funcional del sistema, sino que índice en la postración moral que sufre el país, sin una participación masiva de los ciudadanos será difícil que los males que arrastramos los españoles se logren solucionar. La participación ciudadana es conveniente para las instituciones, tanto activamente como por medio del voto. De lo que si hay que huir es de la concepción reduccionista que se tiene de la democracia a que los ciudadanos nos estamos acostumbrando a votar cada cuatro años las listas cerradas que nos proponen las burocracias y a la vez empleados de los partidos políticos (convertidos hoy en empresas de empleo).

La democracia no es un régimen político que pueda justificarse por apariencias. En España a fuerza de utilizar el término democracia como arma arrojadiza contra los oponentes, puede estar perdiendo fuerza. Máxime si se tiene en cuenta que quienes utilizan esta táctica suelen justificar actuaciones que tienen poco de democráticas. Hay, por eso, que aclarar conceptos, evitar la confusión reinante y recordar que el funcionamiento de la democracia tiene unas normas, unas mínimas exigencias éticas sin el cumplimiento de las mismas es difícil hablar de las existencias de un régimen democrático.

Todo Estado moderno dispone de un sistema de legalidad, pero sólo el Estado de Derecho es aquel que la Ley limita la acción del Estado. Infinidad de catedráticos de Derechos señalan “no todo sistema de legalidad tiene que ser forzosamente un Estado de Derechos, ya que hay distintos sistemas de legalidad, pero sólo un tipo de Estado de Derecho”- Para ellos como expertos habría cuatro elementos considerados básicos del Estado de Derechos: 1º) Imperio de la Ley. 2º) Separación de poderes. 3º) Legalidad de la Administración y 4º) Derechos y libertades fundamentales.

La independencia del poder judicial frente a las “presiones “políticas, constituye, sin duda, la piedra angular del Estado de Derecho. La legalidad de la Administración implica igualmente ese sometimiento a la Ley, reflejado efectivamente en un sistema de control y responsabilidad de la Administración respecto a los particulares, cuya protección contra la arbitrariedad se encuentra en el “régimen jurídico de la Administración”.

La democracia hay que entenderla como construcción del Estado de Derecho. La política debe tener, de forma inevitable, una dimensión moral y girar en torno al pleno desarrollo de la personalidad humana. Siendo la potenciación de las cualidades morales del hombre una de las facetas más importantes a tener en cuenta. Los que mandan y los que obedecemos debemos colaborar a la realización del interés general, considerando como el conjunto de las condiciones económico-sociales necesarias para el desarrollo integral de la persona y de los grupos sociales en los que el hombre y las mujeres nos hallamos insertos. Nuestra dignidad como seres humanos radica en poder vivir y ejercer la libertad. Por tanto, el Estado de Derecho, es su garantía y protección, entraña una dimensión éticamente valorable. De hecho, quienes aprecian la libertad tanto como aman la vida misma, valoran también los procedimientos y técnicas que la protegen y estima el Estado de Derecho. “Tenemos que celebrar y demandar los valores democráticos, como la libertad y la igualdad, así como desechar los insultos para tener una convivencia pacífica y solidaria”

NECESITAMOS ETICA EN POLICA y V

La libertad objetiva tiene su establecimiento en la Constitución, mediante el Estado de Derecho y la división de poderes. Es evidente que, el Estado de Derecho deber estar basado en el imperio de la Ley. Ahora bien, el gobierno de la Ley es imposible. Las leyes tienen que ser dictadas, ejecutadas y judicialmente aplicadas. La legislación y el gobierno de la nación estuviesen en las mismas manos durante el Antiguo Régimen, condujo al despotismo monárquico, o al despotismo popular, en el caso de que el titular del poder legislativo o también el ejecutivo. Para ello Montesquieu inspiró la división de poderes, entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial, del que saldrían aseguradas todas las libertades públicas.

Montesquieu, al abrir una vía de acceso a la política desde una actitud ético-personal, moraliza al Estado mediante la división de poderes, para evitar su, inmoralidad, es decir, el despotismo. Pero lo interesante del planteamiento de Montesquieu son las razones que le llevan a esa teoría. El sostenía que es una experiencia constante que toda persona que posee poder tienen a abusar de él, y que esto último es, precisamente, lo que hay que impedir. Se trata de la afirmación y defensa de la libertad del individuo.

Montesquieu llevado de su visión realista de las cosas, pensaba que la tendencia del abuso de Poder, por parte del gobernante, es la renuncia a la lucha por la libertad por parte de los gobernados. Teniendo en cuenta la debilidad humana, no se contenta con predicar, éticamente, el ejercicio de la libertad en la realidad jurídico-política, es decir, su institucionalización. El motivo inicial es ético-político, la defensa del ámbito de libertad que compete a cada ciudadano, pero no olvida el plano jurídico político, para buscar las garantías, las instituciones legales que aseguren ese ámbito de libertad subjetiva.

La Ética en el comportamiento de los políticos nos lleva al tema de la legitimidad democrática, considerando como fundamental por muchos especialistas en Derecho Político. Surge entonces la clave de que el poder sólo es legítimo cuando procede de la autoridad del pueblo y está basado en su consentimiento. Pero hay que subrayar que el consentimiento popular no es suficiente por sí sólo para calificar a un sistema político de democrático. Algunos autores ponen incluso en duda que la legitimidad puede descansar en dos pilares: mayoría y minoría. La esencia de la democracia no podría circunscribirse tampoco a un gobierno de mayoría, que no asegurase los derechos de las minorías en un juego difícil de equilibrios, pero que habría siempre que tratar de asegurar por encima de todo.

Se habla bastante de reformar la Constitución, y no falta razón para ello, no estamos en este momento en 1975 después de la muerte de Franco y se hizo una Constitución a la medida de las necesidades y aceptación que permitían los poderes fácticos de entonces. Pero con el nivel de enfrentamiento y división que se encuentra hoy la sociedad sería impensable emprender dicha reforma, eso sí podría ser posible ya que todos los Partidos Políticos dicen querer en modificar el sistema de listas cerradas por listas abiertas no es suficiente, si no va acompañado de un cambio de la legislación electoral ya que el sistema D´Hont prima excesivamente al partido mayoritario en perjuicio del resto. Se afirma que se trató de esa forma de defender la gobernabilidad del país y huir de los excesos del parlamentarismo del pasado. Pero la verdad es que el actual sistema de elección falsea la realidad política del País. Prima demasiado a quien gana, y penaliza a las restantes fuerzas políticas, cuyo peso en millones de votos no es nada despreciable. Es posible que el sistema D´Hont facilite mayorías, pero no facilita una representación real del país en el Parlamento, ni la defensa, por igual, de forma proporcional, de los grandes intereses sociales. Y también podría promoverse un cambio del Senado inclusive suprimirlo. “No podemos dejar de aspirar a vivir con dignidad, seguridad y libertad, conceptos que trascienden culturas y continentes.”

Francisco José Alonso Rodriguez (DNI 23989W)
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.
Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos y Federación Internacional Pro Derechos Humanos-España

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