POR QUÉ VOTARÉ HOY POR UPYD “YO NO VOTE UPyD”

Por qué votaré hoy por UPyD
PEDRO J. RAMÍREZ
Actualizado: 24/05/2014 20:22 horas
He votado en todas las elecciones de la democracia y siempre he «enseñado la papeleta». A veces para respaldar a opciones con aspiraciones mayoritarias, otras en pro de minorías con posibilidades de condicionar el Gobierno. Siempre con el centrismo político y la radicalidad democrática como denominador común.
En 1977 y 1979, siendo comentarista de ABC, me decanté a ojos vista por la UCD -y en concreto por su ala izquierda liderada por Garrigues y Fernández Ordóñez- frente a gran parte del staff y la rama entonces dominante de la familia Luca de Tena que se identificaba con AP e incluso nutría sus listas. En 1982 ya como director de Diario 16 aposté sin éxito por intentar mantener a flote los restos del naufragio centrista con un comentado artículo titulado Mi voto para Lavilla. Otro gallo nos habría cantado si, en lugar de arrasar en las urnas, el PSOE de la prepotencia y la falta de escrúpulos, hubiera necesitado los escaños de UCD para completar su mayoría.
En 1986 apostamos de nuevo a caballo perdedor al respaldar la llamada operación reformista de tan atractivos principios como desoladores finales. Cuando en 1989 fundamos EL MUNDO, al filo mismo de las elecciones generales, nuestro partido de referencia era el CDS de Adolfo Suárez, al que sólo dejamos de apoyar cuando pasó a convertirse, según su propia definición, en «perchero» del PSOE.
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Fue entonces, a partir del Congreso de Sevilla, cuando comenzó el «viaje al centro» del PP de Aznar que asumió buena parte de las tesis regeneracionistas incluidas en las Cien Propuestas que planteamos cada vez que había elecciones. Por eso le respaldamos en el 93 y 96 cuando era oposición al PSOE del GAL y de Filesa y en el 2000 cuando, tras la «amarga victoria», protagonizó la legislatura más fructífera de la historia de la democracia.
Pese al grave desencuentro de la guerra de Irak, en 2004 renovamos ese apoyo en la confianza de que Rajoy relanzaría el compromiso reformista del partido. Tras el shock del 11-M y el inesperado triunfo de Zapatero, la labor de oposición del grupo parlamentario encabezado por Zaplana y un programa electoral que incluía por primera vez la reforma de la Constitución nos indujeron a respaldar una vez más al PP en 2008, si bien la recomendación de voto se hizo extensiva a la recién nacida UPyD de Rosa Díez. Por último en noviembre de 2011 sin dejar de expresar nuestro apoyo a esta formación minoritaria, consideramos que la crisis económica, el deterioro institucional y el desafío soberanista aconsejaban otorgar «una mayoría holgada» a Rajoy.
Baste añadir para completar el relato que en el ínterin EL MUNDO también fue tomando partido en las distintas elecciones municipales y autonómicas, apoyando en numerosas ocasiones a candidatos del PP, pero también a dirigentes moderados del PSOE como Bono o Francisco Vázquez, y acogiendo con entusiasmo la irrupción de Ciutadans en la política catalana.
Hasta aquí la retrospectiva. Me ha parecido necesario hacerla porque la cita de hoy con las urnas se inscribe en dos coordenadas personales nada gratas, relacionadas entre sí: mi profunda decepción -en 37 años de democracia es la primera vez que me pasa- con un partido para el que pedí el voto y mi reciente destitución como director de este periódico que fundé hace 25 años. Esta segunda circunstancia hace paradójicamente más cómoda mi decantación política ya que desde el 1 de febrero sólo me represento a mí mismo, sólo expreso una de las diversas opiniones que tienen cabida en este órgano plural.
La honda decepción con el PP de Rajoy es bien fácil de resumir. Basta cotejar su acción de gobierno en los dos años y medio transcurridos con sus promesas y programa. Aunque todos tenemos nuestro corazoncito, como decía durante nuestra conversación del pasado domingo Ortega Lara «yo no me estoy inventando nada».
Rajoy prometió crear empleo y hasta ahora sólo ha generado más paro; prometió bajar los impuestos y los ha subido más allá de lo que proponía el programa de Izquierda Unida; prometió equilibrar las cuentas públicas y tan sólo está transformando el exceso de déficit en exceso de deuda; prometió devolver la independencia al poder judicial y lo ha vuelto a atar bien corto para poder controlarlo; prometió combatir a la banda terrorista ETA y honrar a sus víctimas y no sólo no ha hecho nada para evitar la legalización de su brazo político o la derogación de la doctrina Parot, sino que ha excarcelado a Bolinaga -¡camino de los dos años en libertad como «enfermo terminal»!-, símbolo de lo más execrable y ruin de la condición humana.
Si bien la herencia recibida y la coyuntura internacional ayudan a explicar el fiasco de las medidas económicas -en nada parecidas a la exitosa terapia de Aznar-, sólo la marrullería y la cobardía política de Rajoy y su equipo permiten entender tan flagrantes desviaciones respecto a su ideario político, contando con mayoría absoluta en la Cámara. Ésas han sido también las claves de su labor de encubrimiento del monumental escándalo de corrupción que late bajo el caso Bárcenas, un episodio que obligará a refundar de nuevo el PP si es que quiere recuperar algún día la autoridad moral para denunciar los abusos y extorsiones de la izquierda.
«EL MUNDO miente y manipula», dijo Rajoy el 1 de agosto en sede parlamentaria, situándome en el punto de mira de todos los poderes económicos ansiosos de satisfacerle. Pues bien midamos con ese mismo rasero sus declaraciones a la cadena Ser del pasado día 6 en las que aseguró que envió los SMS de apoyo a Bárcenas porque entonces «no conocía lo que luego se ha publicado». Teniendo en cuenta que fue el 16 de enero de 2013 cuando se desveló al público que el ex tesorero tenía 22 millones en Suiza y el 18 de enero cuando al filo de la medianoche Rajoy tecleó desde la Moncloa a través de su móvil «Luis, lo entiendo. Se fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo», parece claro que el mentiroso no he sido yo sino él.
¿Cómo es posible que lo que haya vertebrado la campaña electoral haya sido la desafortunada expresión de Cañete y no la flagrante falsedad de Rajoy? ¿Por qué en España hay que pedir perdón por una frase machista y no por proteger la corrupción a gran escala? Pues porque entre el apalancado Rubalcaba y el apalancado Rajoy existe una sociedad de auxilios mutuos que explica también el bochornoso cambio de actitud del PP -y la Fiscalía- respecto al chivatazo del Faisán y porque en la mayoría de los medios -afortunadamente no en todos- se impone el temor a contrariar a ese trust bipartidista, respaldado por el Consejo de la Competitividad. Constátese por cierto que, a juzgar por la disposición en la foto del pasado día 7 en la Moncloa, quien preside tal Gobierno de facto, situado en el centro de una primera fila de nueve, no es Rajoy sino César Alierta.
Frente a este bipartidismo con madrastra que ya verdea hacia el modelo Gran Coalición se alzan -además de los nacionalismos y la izquierda comunista- tres formaciones inconformistas cuya presencia en el Parlamento Europeo revitalizaría la vida política española. ¡Ojalá se escuche hoy bien alta la Vox de los Ciudadanos de UPyD! Esa es mi triple recomendación de voto en función de la ideología y talante de cada uno.
Aunque por las clásicas razones de Hayek yo no soy conservador, votaría con gusto a Vox si su cabeza de lista fuera Ortega Lara pues además de a un héroe he descubierto en él a un hombre cabal, coherente y entrañable donde los haya. También me sentiría cómodo votando a la lista de Ciudadanos que encabezan dos colegas fiables y solventes como Nart y Girauta pero, al margen de que les haya faltado tiempo para decantar su estrategia y su programa, al final cada uno sólo tiene una papeleta.
Si como Vargas Llosa, Savater, Alvaro Pombo, Cristina Peri Rossi, Andrés Trapiello o Félix de Azua votaré hoy por esa «revolución prudente y necesaria» que representa UPyD es porque, camino ya de su primera década de existencia, la formación magenta que lidera Rosa Díez no ha hecho nunca nada importante que no me gustara. Y por el contrario ha dado y sigue dando batallas clave en el ámbito esencial de las reglas del juego como la democratización de los partidos, su transparencia financiera -acaba de obtener la calificación más alta en ese apartado-, la reforma de la ley electoral o la independencia de la Justicia.
UPyD es además el único partido que desde el Congreso de los Diputados viene defendiendo una reforma constitucional, acorde con el dictamen del Consejo de Estado de 2006, encaminada a proteger la igualdad de todos los españoles ante la ley, poner coto a la deslealtad institucional de los partidos separatistas y abaratar el insoportable coste de las administraciones públicas.
Es cierto que me gustaría que Rosa Díez y su equipo fueran más beligerantes en pro de la libertad económica, más activos y exigentes en la búsqueda de la verdad del 11-M y más receptivos a las ofertas de pacto de Albert Rivera, tal y como por cierto desea la casi totalidad de los muchos votantes de UPyD que conozco. Pero quien quiera encontrar un partido exactamente a su medida tendrá que fundarlo. Además creo que el retratarme hoy así me dará más autoridad para seguir tratando de influir desde mis artículos en esa triple dirección.
Votar hoy por UPyD supone en definitiva apoyar a la única formación parlamentaria sobre la que no pesa la menor sospecha de corrupción, a la única formación parlamentaria que no ha antepuesto nunca el poder a los principios -acabo de constatarlo en Asturias- y a la única formación parlamentaria cuya empecinada y valiente portavoz saca de quicio por igual a los dos siameses que simulan competir por el poder cuando en realidad se lo reparten. Y si encima su cabeza de lista es un catedrático de universidad, especialista en el ocaso del Imperio Austro Húngaro, que se ha distinguido ya en Estrasburgo por su estajanovismo parlamentario y luce siempre unas impecables pajaritas, y su número dos la insobornable Maite Pagaza, pues debo decirles que este arponero ingenuo no sólo votará, sino que votará contento

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